
Moisés Royo · 23 abril 2025 · Estructura · En obra
La forma que mueve el aire: geometría y ventilación en Fontenebro
En el Estudio Experimental Fontenebro, la geometría del volumen esbelto no nace como un gesto formal: se estrecha en altura para trabajar con el movimiento natural del aire y convertir la eficiencia en parte de la arquitectura.
Antes de decidir cómo debía verse, había que entender cómo debía funcionar.
Esa diferencia cambia la manera de mirar el Estudio Experimental Fontenebro. El volumen esbelto que se posa sobre la plataforma no se estrecha con la altura únicamente para construir una silueta reconocible. Su geometría responde también a una decisión ambiental: trabajar con el aire.
El proyecto parte de una idea sencilla en apariencia. El aire caliente asciende. Si la sección del edificio acompaña ese movimiento y favorece una diferencia de presión y temperatura, la propia arquitectura puede contribuir a generar un tiro natural continuo.
La forma deja entonces de ser una consecuencia visual.
Se convierte en una herramienta climática.
Diseñar la sección
En muchas ocasiones pensamos la arquitectura desde la planta. Aquí, sin embargo, una parte esencial del proyecto se entiende en sección.
El volumen vertical se va estrechando a medida que asciende. Esa variación construye una cámara espacial capaz de acompañar el movimiento ascendente del aire y favorecer la ventilación natural descrita en el proyecto.
No se trata de añadir después una estrategia de eficiencia. La estrategia está incorporada a la propia geometría.
La sección decide cómo se mueve el aire del mismo modo que una planta decide cómo se mueven las personas.
Una estructura que explica cómo funciona
La maqueta permite entender con especial claridad esta condición.
La pieza se eleva mediante una estructura que define un espacio alto y progresivamente más estrecho. Entre sus elementos aparece un vacío continuo que no es residual: es el lugar por el que el aire puede desplazarse.
Estructura y comportamiento ambiental dejan de ser dos problemas independientes.
La primera sostiene el edificio, pero también hace posible la geometría que permite su funcionamiento pasivo. Lo técnico no queda escondido detrás de la arquitectura. Forma parte de ella.
Trabajar con lo que ya existe
Esta manera de proyectar se extiende también a la relación con el lugar.
El conjunto se implanta sobre una parcela de fuerte desnivel en Collado Villalba. Un volumen principal semienterrado absorbe esa diferencia de cota y se remata con una cubierta vegetal acabada con el terreno del lugar, funcionando casi como una plataforma dentro del paisaje.
Sobre ella aparece el volumen esbelto. Su envolvente incorpora placas fotovoltaicas, mientras una galería de policarbonato recorre la pendiente y conecta las distintas partes del conjunto.
Terreno, energía, aire y arquitectura no aparecen como capas independientes.
Son condiciones que empiezan a decidir el proyecto desde el principio.
La eficiencia antes que la imagen
Hablar de sostenibilidad en arquitectura puede conducir fácilmente a una suma de sistemas, dispositivos y tecnologías incorporados una vez definida la forma.
Fontenebro plantea otra posibilidad.
¿Y si parte de la eficiencia pudiera comenzar antes de instalar nada?
En la orientación. En la sección. En la relación con el terreno. En la manera de estrechar un volumen o de permitir que el aire encuentre un recorrido.
Eso no elimina la tecnología. El propio proyecto incorpora una envolvente fotovoltaica. Pero cambia el orden de las decisiones.
Primero, hacer que la arquitectura trabaje.
Después, completar aquello que necesita.
Cuando la forma deja de ser un gesto
La singularidad de una geometría puede hacer que la interpretemos inmediatamente como una búsqueda formal.
Pero una forma también puede ser la consecuencia visible de muchas decisiones invisibles.
Cómo entra el aire.
Cómo asciende.
Cómo se evacua el calor.
Cómo el edificio se apoya en el terreno.
Cómo produce parte de la energía que necesita.
Cuando todas esas condiciones empiezan a trabajar juntas, la arquitectura deja de necesitar explicarse únicamente por su imagen.
No es un gesto.
Es una forma que asume una responsabilidad.
Y quizá ahí aparezca una de las decisiones menos visibles del proyecto: conseguir que aquello que hace reconocible al edificio sea, al mismo tiempo, aquello que le ayuda a funcionar.
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